La mujer en el Islam

En la Arabia preislámica había mucha injusticia en contra de las mujeres alrededor del 600 de la era cristiana. Las niñas pequeñas eran asesinadas por el simple hecho de ser hembras.

Las mujeres no tenían derecho a la educación ni a la herencia. Tampoco tenían derecho a escoger su propio esposo. En definitiva, las mujeres eran tratadas como una simple mercancía. El mundo estaba necesitado de una guía, y esta guía vino a través del Profeta Muhammad (que la paz de Dios sea con él). Él trajo el mensaje del Islam que realmente guiara a hombres y mujeres, es decir, liberó a las mujeres y les dio sus derechos y su dignidad.

Cuando un compañero del Profeta (que la paz de Dios sea con él) entró en una ciudad para difundir el mensaje del Islam, dijo: “Hemos  venido a liberar a los humanos de la servidumbre a otros humanos y llevarlos a la servidumbre del Señor de los humanos”. Dentro de esta hermosa declaración se encuentra un poderoso tesoro y mensaje. Esta es la llave para el fortalecimiento y el único camino hacia la liberación. En el momento que permitimos que cualquier cosa que no sea nuestro Creador (Dios: Al-lah) sea quien defina nuestro éxito, nuestro fracaso, nuestra felicidad o nuestro valor, hemos entrado en una forma silenciosa, pero destructiva de esclavitud. Esto es debido a que aquello que define tu autoestima, tu éxito y tu fracaso es lo que te controla. Se convierte en tu maestro.

El “maestro” que ha definido el valor de la mujer ha tomado muchas formas a lo largo de la historia. Uno de los criterios más constantes para la mujer ha sido el estándar de los hombres. Pero olvidamos que Dios ha honrado a la mujer dándole su valor en relación a sí misma, no en relación a los hombres. Sin embargo, el feminismo no tuvo en cuenta a Dios, sólo se fijó en los hombres. Como resultado las feministas occidentales se vieron obligadas a encontrar su valor imitando a los hombres. Y al hacerlo, aceptó una suposición incorrecta. Ella asumió que una mujer nunca puede convertirse en un ser humano realizado sino hasta que actúe tal como un hombre.

Cuando un hombre se cortaba el pelo corto, ella quería cortar su pelo corto. Cuando un hombre se unía al ejército, ella quería unirse al ejército. Ella quería estas cosas por la única razón de que ese era el “estándar”. Lo que la gente no reconoció fue que Dios dio dignidad y honra tanto a hombres como mujeres en sus correspondientes distinciones, mas no en su igualdad. Cuando aceptamos a los hombres como el modelo a seguir, de inmediato cualquier cosa de índole plenamente femenino se convierte por definición en algo inferior. Bajo tal deformación ser sensible es un insulto, ser una madre de tiempo completo se convierte en algo degradante. En la batalla entre el raciocinio estoico (considerado masculino) y la compasión abnegada (considerada femenina), es el raciocinio que ha imperado.

Tan pronto como las personas aceptaron que todo lo que posee y hace el hombre es mejor, todo lo que siguió fue simplemente una reacción de reflejo: si los hombres lo tienen, también nosotras lo queremos. En algún lugar a lo largo del camino, la gente aceptó la noción de que tener una posición de liderazgo mundano es alguna indicación de la posición ante Dios. Pero una mujer musulmana no necesita degradarse de esta manera. Ella tiene el modelo que Dios da como su estándar. Tiene a Dios para que le dé su valor; ella no necesita de un hombre para lograr esto. Dado nuestro privilegio como mujeres, sólo nos degradamos a nosotras mismas tratando de ser algo que no somos y, con toda honestidad, no queremos ser “un hombre”. Como mujeres, nunca alcanzaremos la verdadera liberación hasta que dejemos el tratar de imitar a los hombres y empecemos a valorar la belleza de nuestro propio carácter distintivo dado por Dios.

Y sin embargo, en la sociedad hay otro “maestro” predominante que ha definido para las mujeres su valor.  Y tal es el supuesto estándar de la belleza. Desde la época en que éramos niños, a las mujeres le ha sido inculcado un mensaje muy claro por parte de la sociedad. Y ese mensaje es: “Sé delgada. Sé bella. Sé atractiva. Delo contrario… no serás nadie”. Así que a las mujeres les fue dicho que usaran maquillaje y faldas cortas. Se les instruyó en sacrificar sus vidas, sus cuerpos y su dignidad por la causa de ser bonitas. Llegaron a creer que sin importar lo que hicieran, que eran dignas solamente si eran bellas y complacían a los hombres. Así pasaron sus vidas tratando de ser portada de revista y dieron sus cuerpos a publicistas con el ánimo de vender. Eran esclavas, pero les dijeron que habían logrado la libertad. Fueron tratadas como un objeto, pero juraban que era el éxito. Esto es porque habían empezado a creer que el propósito de la vida era exhibirse y ser bellas para los hombres. Les hicieron creer que sus cuerpos fueron creados para comercializar sus coches, sus restaurantes y sus refrescos. Pero les mintieron. El cuerpo de la mujer y el alma de la mujer, fueron creados para algo más elevado. Un propósito mucho más elevado.

La imagen de una mujer que se viste en un velo desde la cabeza a los pies, en estos días es considera como opresivo. De hecho, cuando una mujer viste un pañuelo en la cabeza por su propio libre albedrío, provoca que su relación privada con Dios se manifieste de una manera muy pública. A diferencia de la oración, el ayuno o incluso leer el Corán, cuando una mujer musulmana decide cubrirse, de repente ella pone una parte de su religiosidad a la vista. En el Islam, las mujeres son honradas. Pero no es por su relación hacia los hombres, ni siendo como ellos, ni complaciéndoles. El valor de la mujer no se mide por el tamaño de su cintura ni por el número de hombres que atrae. Su valor como ser humano se mide en una escala más alta de rectitud y piedad. Y el propósito en la vida – a pesar de lo que dicen las revistas de moda, es algo más sublime que el simple hecho de verse atractivas para los hombres. Dios dice en el Corán:

“Realmente, el más noble de vosotros ante Dios es aquel que es más profundamente consciente de Él.” [Corán 49:13].

El Islam enseña que las mujeres son alma, mente, siervas de Dios. Y que su valor es definido por la belleza de ese alma, ese corazón, ese carácter moral. La sumisión de un musulmán es algo más elevado. Las mujeres musulmanas han sido liberadas de la esclavitud del eslabón del modelo impuesto por la sociedad en cuanto a belleza o moda que intenta definir nuestro valor. No necesitamos convertirnos simplemente en hombres para ser honradas. Nuestro valor, nuestro honor, nuestra salvación y nuestra realización no yace en convertirnos en esclavas de otro esclavo. Nuestra posición elevada se logra convirtiéndonos en siervas del Creador de todos los siervos.